martes, 19 de abril de 2011

Judas, el cuento de un traidor.



Me pareció interesante la reflexión que ofrecía al lector el gran profesor Gerd Lüdemann, que enseña Historia y Literatura del cristianismo primigenio en la facultad de teología de la universidad de Göttingen, en su libro “El Evangelio de Judas y el Evangelio de María” (2006). Se trataba de poner en claro esa mala imagen que arrastramos desde niños sobre Judas.

¿Hubo beso por parte de Judas antes de ser apresado Jesús, tal como nos lo han transmitido?

Judas Iscariote, es decir Judas de Karioth -al sur de Judea- posee hoy día en nuestra sociedad un tufillo negativo. En el argot ordinario Judas significa traidor, tú eres un Judas; según el derecho alemán a nadie se le puede poner este nombre. En el acervo cultural se une con él una mala acción, y los cuatro Evangelios del Nuevo Testamento, con numerosas variaciones, la interpretan como la entrega del Hijo de Dios a manos enemigas. Para los cristianos más primigenios era inimaginable que el crimen de Judas no acarreara consigo un grave castigo. De modo que pintaron de distinta manera el terrible fin de Judas.

Hoy existe un gran consenso en el trabajo científico respecto a la intención de los textos del Nuevo Testamento que hablan de Judas.

Mateo y Lucas, independientemente entre sí, se sirven como base del Evangelio de Marcos, por ser el Evangelio más antiguo transmitido; el de Juan es sin duda posterior a los tres anteriores. Respecto al plan de Judas de entregar a Jesús: Marcos narra la toma de contacto de Judas con las autoridades judías enemigas; Mateo asume esto y le imputa codicia; Lucas completa diciendo que Satán se apoderó de Judas para llevar a cabo esa mala acción y Juan compara a Judas con el demonio.

Respecto al conocimiento previo que Jesús tiene de su entrega por Judas se observa el siguiente desarrollo: los tres primeros evangelistas ven el conocimiento previo de Jesús sobre la “traición” de Judas como parte de su omnisciencia, Juan subordina el conocimiento previo de Jesús a un contraste curioso entre luz y sombra, en la que la luz vence a las tinieblas y Judas, como representante de las tinieblas, se convierte en una imagen aterradora. Mientras que las narraciones de los tres primeros Evangelios sobre el apresamiento de Jesús con ayuda de Judas no encierran diferencias importantes, recalcando en especial su alevosía, sí llaman la atención en cambio los adornos y exageraciones de la narración de Juan.

¿El final de Judas: suicidio o accidente?

Los relatos del final de Judas se contradicen entre sí: Mateo describe el suicidio de Judas colgándose; la Historia de los Apóstoles hace que su cuerpo se reviente en un accidente. En estos relatos, como en otras narraciones del Nuevo Testamento sobre Judas, se trata de un material legendario sin valor histórico. Lo mismo cabe decir del Evangelio de Judas encontrado hace poco. Y es que su encuadre narrativo presupone los Evangelios del Nuevo Testamento y la Historia de los Apóstoles de Lucas, mientras que los Diálogos en la acción principal –fiel a la teología gnóstica del siglo II- pintan a Judas como un amigo de Jesús.

En la discusión sobre Judas, llevada a cabo hasta nuestros días, hay dos cosas que no se han valorado suficientemente:

primero, que el verbo griego paradidômi, traducido muy a menudo como “traicionar”, en realidad significa entregar, transmitir, dar, conceder;

segundo, que el texto con ventaja más antiguo de la entrega de Jesús se halla en la primera carta de Pablo a los corintios. Forma parte de la tradición de la cena, que el mismo Pablo lo asumió y transmitió -inmediatamente después de su conversión, unos tres años después de la crucifixión de Jesús- a los corintios en la fundación de la comunidad. El apóstol escribe en la introducción: “El Señor Jesús, en la noche que fue entregado”. La tradición citada por Pablo sugiere que Jesús es el esclavo de Dios prometido en el libro de Isaías y que como tal fue “entregado” por Dios mismo a una muerte salvífica para la cristiandad, una afirmación que se retrotrae a los primeros tiempos y que se halla esparcida en los primeros escritos del primigenio cristianismo.

La traición de Jesús aparece como muy improbable
En este estadio de la historia de la tradición la entrega nada tiene que ver con la acción de un traidor, puesto que tiene una interpretación teológica y forma parte de la fórmula de fe más antigua. De ahí que tampoco se le involucrara a Judas. Contra un proceder así habla además el hecho de que Jesús tras su “resurrección” se apareciera inmediatamente a los doce y que también Judas siguiera perteneciendo a los doce. Jesús fundó este círculo. Nada extraño que tras la superación del schock del viernes santo estos doce, con Cefas a la cabeza, fueran los primeros en ver al supuesto Jesús resucitado en una visión. A la vista de esto es muy improbable que Judas, como uno de estos doce, hubiera “traicionado” antes a Jesús.

Posteriores testimonios escritos corrigen el texto de Pablo en este lugar y hacen que ya incluso la primera aparición sea sólo a los once. También lo ve así Mateo, y el autor de la Historia de los Apóstoles narra incluso de la segunda elección, necesaria por la “traición” de Judas. En ambos casos se trata de harmonizaciones, que reelaboran las narraciones secundarias de la “traición” de Judas.

Fueron los cristianos de una generación después de Pablo quienes por primera vez completaron con historia una interpretación de la pasión meramente teológica y necesitaron un entregador identificable históricamente. La fórmula de fe, de que el “Señor” fue entregado por Dios para salvar evocaba la pregunta del ejecutor de esta acción. Recayó en el discípulo de Jesús, en Judas de Karioth en Judea.

Al pueblo judío los cristianos vieron desde el inicio como culpable de la muerte de Cristo y nadie podía simbolizar mejor que él (Judas, Judea, judío). Es ahora cuando por primera vez la entrega obtuvo de modo complementario un lado infausto (“¡ay del hombre por el que es entregado el hijo del hombre!”.

Judas y los judíos fueron estilizados como monstruos, algo que ha tenido su efecto pernicioso hasta nuestros días.

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